De la criminalización de la risa, la censura y el sentimiento de culpa: los límites del humor, si es que los tiene. 

Hay un tema candente desde el principio de la risa. ¿De qué podemos y de qué no podemos reírnos? Creo que esa es la clave de la cuestión. No tanto cuál es el límite del humor, sino cuál es el límite de confrontación que yo tolero  con mis valores personales.

Vivimos en una sociedad emocionalmente inmadura, educada en la irresponsabilidad, anclada en ese concepto de culpa y de perdón, de creencias morales arraigadas en el inconsciente colectivo que a menudo no son confrontadas ni puestas en duda y que son sencillamente aceptadas como verdades absolutas y, sobre todo, y a consecuencia de todo lo anterior, en una sociedad victimista.

Una sociedad en la que el sufrimiento se ha vuelto un valor que beneficia más de lo que podría parecer. Sólo hay que mirar un poco alrededor para darse cuenta de que la gente compite por ser quien peor lo ha pasado, quien más ha sufrido, quien más penita da y de esa manera causar compasión en el prójimo, una compasión de la que poder beneficiarse porque uno no puede rivalizar contra alguien por quien siente compasión. Porque el sentir compasión por alguien alimenta nuestro ego hambriento de lo que no sabemos dar a nuestra autoestima. Y a menudo preferimos valorar a quien se lamenta de su sufrimiento antes que valorar a quien nos supone un espejo demasiado brillante en el que reflejar algunas de nuestras humanas miserias. Y ahí es donde nace ese límite al humor. La risa es, precisamente, lo contrario de ese sufrimiento.

Se abren dos vertientes en la risa: el que la provoca, el humorista y quien se ríe. Y ahí ocurre como en el patio de los parvularios: “Ha sido él, seño”. Hay temas con los que no nos sentimos a gusto riendo. Llorando sí, ese es otro tema. Porque no debemos olvidar que el humor no deja de ser una ficción, y como tal, no puede ser juzgada a nivel personal y desde criterios morales. Las ficciones son eso, ficciones. Pero de la misma manera que tratar temas como la enfermedad, la religión, los abusos y otros tantos, desde un punto de vista trágico, no nos supone ningún esfuerzo (porque llorar o sentirnos mal acerca de eso no nos pone en un brete moral con nosotros mismos, sino que refuerza ese patrón social del sufrimiento como prestigio moral, -muy cristiano por otro lado), tratarlos desde el humor nos parece reprobable. Aunque no deje de ser una ficción tratada desde un enfoque diferente, sin más. Culpabilizamos a la risa, porque vivimos en patrones de culpabilidad y de pulcritud. Y la risa es pelirroja, zurda y bruja.

Desde ese punto de vista, quien provoca la risa tocando temas que se salen de lo establecido como moralmente blanco o inocuo, quien sale de lo políticamente correcto, se arriesga a ser visto como la encarnación del mal en la tierra, como un sátiro que se mofa de lo sagrado. Pero no debemos olvidar que lo sagrado necesita del contrapunto de la burla. Y si tan sagrado fuese, la burla no sería en absoluto importante, porque el tema en cuestión estaría, al ser sagrado, por encima de cualquier chiste. Y será juzgado precisamente por aquellos que no se permitan reírse de ello porque eso les haga sentirse mal consigo mismos, desconocedores del poder purificador de la risa y del sentirse libres de prejuicios morales prefabricados. Porque son prefabricados. También carecemos de pensamiento crítico y pecamos de creernos el ombligo del mundo. Un cóctel maravilloso.

El llanto nos es más cómodo. Nos resulta más sencillo llorar por la situación de un niño enfermo de cáncer que reír acerca de lo mismo. Y ni llorar ni reír por ello va a ayudar a ese niño a mejorar, ni va a cambiar la realidad dolorosa de esa problemática tan absolutamente lamentable. Las desgracias no varían si uno llora o si uno ríe. Ojalá fuese así de sencillo. El humor es un tipo de catarsis tan válido como el llanto. Más aún si cabe. Porque desde un punto de vista energético, la risa es una de las vibraciones del ser más elevadas, y limpia los dolores. El humor es una forma de purgar  los males, y solamente desde el dolor se puede hacer humor. El problema es cuando criminalizamos el humor y la risa en lugar de comprender su necesidad. Es necesaria una válvula de escape distinta a la del llanto que eleve las energías, que limpie las penas y que las banalice. Es necesario banalizar nuestras miserias para dejar de ser una sociedad victimista, inmadura e irresponsable que busca constantemente echar la culpa a lo ajeno de lo que uno mismo debería responsabilizarse.

Educamos a nuestros hijos en la queja constante, les enseñamos que “quien no llora no mama”,  que si se dan un golpe, la pared es mala, que su inocencia y su bondad serán impecables si obedecen y si acatan, que deben “portarse bien” siguiendo los patrones de una sociedad que valora más a quien llora para mamar que a quien se labra con sudor sus propios frutos. Porque el segundo nos confronta con nosotros mismos demasiado abiertamente. Y preferimos sentirnos merecedores de la compasión ajena que abrazar nuestra propia falta de autoestima para poder mejorarla. Es por eso que el humor tiene límites. Los límites que surgen de la carcajada que escandalizada se autocensura por mantener intacta esa inocencia que creemos conservar para merecer la compasión ajena y ser mejores personas. Más dignas. La dignidad, esa otra lacra de control social. Pero resulta que no es más válido el llanto que la risa, que hace falta más cachondeo y más romper lo establecido, que el humor es tan sano como cualquier otra forma de expresión y que es más libre que ninguna de ellas, porque el humor no se impone barreras, porque el humor sana cuanto toca. Y lo sana de varias maneras, la azucarada o la amarga. Pero como se ha dicho siempre, “si pica, cura”. Y el llanto purga, pero no limpia del todo. Purga, pero no eleva el alma. La risa la decora con guirnaldas cuando somos capaces de separarla de la culpa que llevamos tan arraigada. Que solamente es risa. Es la burla condensada de una realidad que nos duele y con la que de algún modo tenemos que lidiar. Y es tan válido lamentarnos como reírnos de ello, y ninguna de las dos cosas es reprobable, porque son la misma en grados distintos. Es emoción sublimada.

Deseo firmemente que se abra un debate necesario: ¿Cuáles son los límites del romanticismo que promueve la dependencia emocional? ¿Cuáles son los límites del morbo? ¿Cuáles son los límites del gore? ¿Cuáles son los límites del porno, los de la manipulación mediática, los de la depresión, cuáles son los límites de la tragedia? Pero esos no confrontan la imagen moral propia que queremos salvaguardar a costa de un arduo ejercicio de autoconocimiento y de evolución hacia una sociedad consciente, responsable y madura. Eso no lo queremos, o no lo quieren. Y es más sencillo y más eficaz censurar y educar en la autocensura. De eso se trata, al final, este juego de vivir en un estado “democrático”. Y mañana, cuidado con lo que tuiteamos, que necesitamos una pared a quien culpar del golpe que nos demos. No apetece eso de mirarse en espejos que muestren verdades deformadas. Y después, una ducha, un vasito de leche, un Prozac y a dormir.

Somos detrito cósmico venido a más con la piel muy fina. Polvo de estrellas enfermo de megalomanía.

Lourdes Bayonas

Por Lou, hace